La razón por la que las FARC nunca se cambiaron el nombre

¿Por qué las FARC no cambiaron su nombre al convertirse en partido político? ¿Por qué cargar con ese lastre cuando hubieran podido ponerse otro nombre e intentar dar el mensaje de que son nuevas personas, alejadas ya del terrorismo y la maldad del grupo guerrillero más sangriento de la historia de Colombia?


No es que sean brutos. La situación de poder en la que se encuentran ahora —después de haber estado técnicamente derrotados por cuenta de la «seguridad democrática» del expresidente Uribe— nos tiene que dejar claro que no actúan sin estudiar cada movimiento. Todo tiene una razón. Son increíblemente astutos.

Tampoco es simple descaro. Por supuesto que para ser un líder socialista es necesario no tener vergüenza. Sobre todo si hablamos de criminales que ahora posan de ilustres estadistas. Pero si esa actitud, que a muchos les puede parecer una simple muestra de insolencia, no les conviniera, no lo harían. El descaro no es la causa.

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Es demasiado peligroso creer que el actuar de los líderes socialistas es desprevenido o que incluso viene de una especie de estupidez que no les permite darse cuenta de que cometen un error. Justamente eso es lo que ellos quieren que creamos, que no tienen malicia, que son unos descarados estúpidos y actúan sin pensar.

Las FARC, ahora como partido político con diez escaños en el congreso, decidió mantener su nombre porque su objetivo no es que los colombianos los perdonen y les crean que son nuevas personas. Su objetivo es reescribir la historia.

Pretenden que los colombianos crean que las décadas de masacres y crímenes atroces fueron culpa de un Estado que abandonó a la sociedad y como consecuencia de eso surgió un «conflicto». En ese sentido las FARC son casi víctimas del Estado o, más bien, héroes que decidieron luchar por los abandonados.