Los regímenes de corte dictatorial siempre tienen una narrativa para esquivar sus responsabilidades. De la tal revolución cubana llevamos más de 60 años escuchando el cuento de Playa Girón y Bahía de Cochinos. Le han sacado el jugo a esas incursiones fallidas para justificar los desmanes cometidos con el mayor desparpajo, mientras Fidel y Raúl Castro se desplazan por diferentes tribunas del mundo quejándose de los bloqueos imperiales que impiden, seis décadas después, honrar las promesas con las que subieron y bajaron de Sierra Maestra. Es la gallinita de los huevos de oro que siguen desplumando para prolongar el secuestro de los habitantes de esa hermana isla, donde hay presos políticos, un partido único, no hay libertad de expresión ni se respetan los más elementales derechos humanos. Además, una familia se entronizo en el poder, como si se tratara de una monarquía tropical.
En Venezuela se calca ese esquema al carbón. Chávez tenia a la mano su decálogo para orientar su estrategia ofensiva, mientras comenzaba la destrucción de uno de los países más ricos del mundo ahora hundido en la miseria. Esa misión destructiva la prosigue cabalmente su carnal Maduro, igualmente instruido desde Cuba, para que sepa desgañitarse a la hora de gritar que “el imperio es el culpable de todo lo que sufren los venezolanos”.
Ahora Maduro pretende desarrollar su propia trama a lo cubano presentando los hechos recientes de Macuto como “una invasión organizada por los gringos bajo la batuta de Donald Trump”. Esa historieta es de muy mala factura.

